Se embarca en la luna
Para dar la vuelta al mundo"
Altazor, Canto V. Vicente Huidobro

Durante la larga noche de un tiempo arcano, sumido en cavilaciones, perplejo en mi trono, recordé el incidente que a continuación transcribo.
Sucedió una mañana mientras caminaba boca abajo, sin darme cuenta, pisando el suelo por su reverso. Me encontré con una mujer bebiendo un mar atardecido desde un balcón. No sabría decir si el mar estaba al revés o si un antípoda le había suplantado. El horizonte dividía, pero sin definir arriba o abajo. Sólo profundidad.
¿Cuál es el lugar del sol en cada sueño?
La perspectiva no es dominio del campo visual –pensé- cuando ingrávidos los ojos se dejan violar a la altura de las culpas. La mujer me dejó entrar en su mirada. Comprendí entonces que su diálogo con los sueños era interno, sin mediar labios, cómplice, cómo sacado de un manual de miradas sin fondo. Compartimos dulces temas, por ejemplo el de una cadena de recuerdos ambulantes casi palpables, nutriendo el lecho de mil historias rearticuladas, para luego ser contados cada mañana. Caminamos por entre
cerros y aire, por entre cielo y aire… y aire… y aire. Asistimos también al espectáculo inmenso de ruidosa soledad que era el mar y su espejo. Ahí llené mi estómago de luz y nueva belleza, de alucinaciones transitorias. Los pulmones, como un gran lienzo depositario de innumerables descargas, explotaban sobresaltados a cada paso. Cada centímetro de este paisaje vio aparecer, segundo tras segundo, la imagen repentina del calor, del grito y su espejismo, vaciándome el cerebro.
Casi al terminar el viaje ella me preguntó, mientras dormía: “¿qué pasa cuándo despiertas, Morfeo?”
Jamás sentí un terror semejante.